dimarts, 18 de maig de 2021

Taller 18 de mayo

 Algunos relatos que han mandado las compañeras, aunque estas semanas no os había puesto ninguna palabra porque trataremos otros temas en el taller. Pero os pongo estos tres relatos que tenia, o que me habéis enviado esta semana, por si los queréis comentar antes del taller o en el taller si da tiempo.

Pepita nos manda este relato:

Eran las diez de la mañana, el turno de noche había finalizado, me disponía a abandonar el lugar de trabajo, ahora era el turno de María. Ese día María venía acompañada de su pequeña hija Carla de nueve años, la niña se encontraba algo resfriada y en vez de ir al colegio acompañaba a su madre durante una pequeña jornada de trabajo. 
Sobre la mesa se hallaban: pinturas y cuadernos de dibujo para que la niña se entretuviera mientras su madre terminaba el trabajo pendiente. 
Me despedí de María
- ¡Hasta mañana que tengas un buen día! 

La pequeña llevaba entre sus manos un pequeño conejito blanco, estaba jugando en el rellano del edificio, la puerta que daba hacia la calle se encontraba abierta; el conejito hecho a correr. 
Me disponía a abandonar el lugar de trabajo cuando observé que la niña corría tras el pequeño conejo, de repente Carla se encontraba rodeada de varios vehículos que estaban parados tras el semáforo en rojo. Corrí y corrí, un ligero temblor se apoderaba  de mis piernas, no avanzaban, grité y grité el nombre de la niña, pero la angustia que sentía no permitía  que mi cuerpo se moviese ni se escuchara ningún sonido que saliera de mi garganta. 

De pronto el semáforo cambió de color, los vehículos deberían de empezar a moverse, no podía llegar a la altura donde se encontraba la pequeña, lo que sí pude observar es que de un coche blanco bajaba una persona  y cogiendo a Carla y su conejito los subió al vehículo y se alejaba. Me fijé que el vehículo torcía hacia la derecha pero no podía ver la matricula, solo vi que se alejaba con la niña la pequeña, había !! Desaparecido!! 

Ahora debía ir en busca de la madre, explicarle todo lo que había sucedido, no podía perder tiempo, pero la congoja y la angustia volvían a paralizar mi cuerpo, no avanzaba como deseaba. Al llegar al lugar de trabajo, busqué  a María, al explicarle todo lo ocurrido no comprendía cómo podía estar tranquila, su hija había sido ¡¡Secuestrada!!  había ¡¡Desaparecido!! 
De pronto sentí la aceleración  de mis palpitaciones y  la angustia que sentía hizo que despertara de un mal sueño.
 
Pepita Gadea


ESCRITO BASADO EN EL TEMA……….BIBLIOTECAS

Cuando me viene a la mente la palabra biblioteca, tengo sensaciones agradables de calor, de recogimiento, de diversión, de nuevos conocimientos y de entretenimiento. Vuelo atrás en el tiempo, para encontrarme con una niña, que desde muy pequeña le encantaba acompañar a su madre a la biblioteca. No había aire acondicionado en esos tiempos, pero sí un sistema de calefacción bastante defectuoso. En días lluviosos, cada persona que pasaba por la gran puerta giratoria se deshacía de impermeables y paraguas y se formaba un ambiente de vaho y calor, propicio para la lectura y la ensoñación.

Mientras su madre elegía su lectura favorita, o consultaba algo a la bibliotecaria, la niña se sentaba en cuclillas dentro de la sección reservada para niños y niñas y devoraba sus tebeos o libros favoritos. Creía que ser bibliotecaria tenía que ser uno de los trabajos más espléndidos del mundo, con todos esos libros a su alcance. Durante un tiempo limitado, ella vivía en un   mundo paralelo, solamente interrumpido por la voz, en susurros de su madre, diciéndole que había que marcharse .Ni siquiera podía imaginar el gozo de entrar en la sala dedicada exclusivamente a la lectura de la prensa, donde personas muy adultas y muy serias leían ávidamente.

Esa biblioteca de mi niñez y juventud ha sido reemplazada por un impresionante edificio de grandes cristaleras con vistas al puerto y todo lujo de secciones  para niños y jóvenes, grupos de lectura, conferencias y zonas de estudio o consulta. Sin embargo, no puede reemplazar para mí, el ambiente de la vieja biblioteca, mi aliada en el descubrimiento del disfrute de la lectura.

Mary Timmons


EL PROGRESO DE LA CIENCIA

La noticia que quiero comentar es que un científico ha implantado un chip en el cerebro de un mono para aumentar sus capacidades cognitivas. Ha demostrado que con ese chip el animal es capaz de jugar en una pantalla de ordenador, a un juego que requiere capacidades humanas.

Quizá pronto se podrá implantar también en nuestro cerebro un chip parecido: lo necesitamos (creo que ya lo están estudiando). Es probablemente el último lugar de nuestra anatomía todavía virgen, es decir, donde aún no nos han introducido algo ajeno de forma permanente.

Cuando se consiga, la frase “cambiar el chip” dejará de ser una metáfora, para convertirse en algo literal. “Me voy al hospital que me tienen que cambiar el chip”, diremos.

En estos tiempos se tiende a la robotización. Ya son posibles y bastante comunes algunas sustituciones en nuestro organismo usando materiales foráneos,  como las rodillas, caderas, válvulas coronarias, dientes, uñas, pelo, piel, retinas y alguna otra cosa más. Dentro de poco en los aeropuertos tendrán que poner un arco de seguridad adicional para los implantados, ya que se pierde mucho tiempo para demostrar, cuando pita, que no llevas una bomba, sino una cadera de titanio.

La colocación del chip será indolora, eso han dicho (el mono ni se ha enterado), y si por una de aquellas no da el resultado deseado, se cambia y listo. Siendo una operación muy pequeña, se podrá hacer de forma discreta. Así es que, si queremos quedar bien, no hemos de hacer patente nuestra sorpresa cuando de repente el primo Manolo, aquejado desde su nacimiento de una castrante tartamudez, se lanza a hablar fluidamente y no para de expresar ideas inteligentes sobre temas variados. Quizás las tenía en su mente y no podía expresarlas. Aunque sospechemos la implantación de un chip, nunca lo insinuaremos.

Se podrán conseguir resultados aún más sorprendentes. Los violentos de convertirán en afables, los tontos en listos, los listos en sabios, los tímidos en audaces, los cobardes en valientes, los impotentes en capaces, los libres en esclavos… ¡error! (esto último ya se está consiguiendo sin necesidad de chip).

De todas formas, la ciencia ha avanzado. Siempre es mejor poner que quitar. La lobotomía que se practicaba antes para modificar el comportamiento indeseable de algunas personas (no sé si todavía se hace) consistía en seccionar y extraer algún nervio del lóbulo cerebral (frontal o parietal), o sea, sacar algo. Pero la posibilidad de error en la arriesgada operación era alta y podían convertir al paciente en un vegetal.

Hay un caso de lobotomía que se mantuvo mucho tiempo en secreto, pero que, como todo, al final salió a la luz. Me estoy refiriendo a la que fue sometida una hermana del Presidente John F. Kennedy, Rosemary. Por lo visto era tan solo una persona retraída y con pocas luces, que se esforzaba sobremanera por complacer a su exigente padre pero no lo conseguía: “no daba la talla de los Kennedy”. El  padre la hizo operar y la pobre cambió, pero a peor.

 

También me estoy acordando de la película “La naranja mecánica” donde experimentan con el cerebro del malvado para borrar su agresividad. Es sometido a terapias muy inhumanas, como sujetarle los párpados con unas pinzas para que no pueda cerrar los ojos, y obligarle así a ver atrocidades en una pantalla como las cometidas por él y conseguir que odie esos comportamientos.

 Mejor con el chip.

 

Marisa Falcón

Abril 2021

 

 

 

 

 


dimarts, 9 de febrer de 2021

Taller 9 de febrer

Brisa fresca de lavanda

por Isabel Romero

Karlos e Iñaki se conocieron en la parroquia, formaban parte del coro infantil, pertenecían a familias trabajadoras que vivían en el mismo barrio obrero. Karlos era hijo único e Iñaki, tenía cinco hermanos más. Aunque les unían las mismas inquietudes, los dos niños se expresaban de formas distintas.

Karlos era tranquilo, tímido y con mucho sentido de la responsabilidad, en cambio Iñaki era muy inquieto, extrovertido y le gustaba el riesgo.

Al salir del colegio siempre iban juntos a casa y juntos iban también a los ensayos del coro, por lo que se hicieron inseparables. Sus vidas transcurrían entre juegos, estudios y alguna diablura que casi siempre venía dispuesta por Iñaki.

Fueron pasando los años, los niños pasaron a ser adolescentes y sus vidas empezaron a cambiar. Karlos había decidido estudiar derecho y debía mudarse a la capital y, por su parte, Iñaki empezó a trabajar en la carnicería que regentaba su padre. Los fines de semana hacían todo lo posible para coincidir, contarse como les iba la vida y hacerse confidencias sobre las chicas que últimamente habían conocido

A karlos le iba muy bien y había conseguido una beca para ampliar sus estudios, Por otra parte, Iñaki estaba cada vez mas interesado en el movimiento sindical y en sus largas conversaciones con Karlos, le hacía llegar todas sus inquietudes y ganas de luchar por los derechos de los trabajadores. Aunque cada uno tenía su propia visión de la sociedad siempre se trataban con el máximo respeto y sobre todo con mucho cariño.

Fueron pasando los años y sus encuentros se fueron distanciando, la vida de cada uno de ellos fue cambiando también, casi no hablaban de ella y sus conversaciones consistían en rememorar historias de su infancia y juventud, cada encuentro para ellos era como una brisa fresca de lavanda.

Una mañana se encontraron casualmente en la puerta de la iglesia, Karlos había ido a pasar unos días al pueblo. Apenas lo visitaba ya, su trabajo en la capital lo tenía muy ocupado. Al ver a Iñaki se alegró mucho y con un fuerte abrazo se saludaron, le pareció que estaba muy serio y nervioso, pero como hacia años que no se veían pensó que era por el encuentro casual. Iñaki le dijo que sentía mucho no quedarse a tomar algo con él pero que tenía mucha prisa, que tenía un asunto importante que resolver. Así que se despidieron y quedaron para verse en otro momento.

***

Iñaki se encontraba agazapado en el lugar convenido, debía apretar el botón cuando viera aparecer el coche. Y a punto estaba cuando de repente se dio cuenta de que el hombre que lo conducía no era otro que Karlos. En esos instantes tuvo que decidir si lo accionaba siendo fiel a su adoctrinamiento o ser fiel a su amigo; siempre había considerado que entre ellos había un bromance.

Nunca volvieron a encontrarse. Nunca se contaron a qué se dedicaba cada uno en la actualidad. Pero lo que nunca olvidaron fue la gran amistad que les unió.


Pepita Gadea nos escribe este relato:


LA MOCHILA

Mirándose en el espejo, Lorena Observaba el lado de su rostro que debía maquillar, tratando de disimular el pequeño moratón que subía desde la mandíbula hacia el lado izquierdo.Tras alejarse del espejo, abrió la puerta de su vestidor, un gran armario lleno de prendas de vestir compradas a gusto de su esposo. Julián la quería ver siempre impecable a punto de recibir visitas, ya que acostumbraba aparecer por casa sin avisar y quería verla "hermosa", como él solía decirle.
Buscó en el fondo del altillo del armario, sacó una mochila que aguardaba el momento de ser utilizada. La depositó sobre la cama y revisó las pertenencias que habían dentro de ella: ropa interior, un par de zapatillas de deporte, el chándal que había comprado una tarde que salió sola a la ciudad y algo de dinero en efectivo. Lo suficiente para comprar un billete de avión, "solo ida", y poder permitirle pasar unos meses hasta encontrar trabajo.
En ese momento, sonó el timbre de la puerta. Lorena se sobresaltó y muy nerviosa recogió lo que había sobre la cama y volvió a introducirlo en el vestidor.
Se acercó a la ventana y al mirar hacia la calle pudo observar un coche de policía. Abrió la puerta y se encontró con dos agentes, tras saludarla se presentaron:
- El sargento López y el cabo Gutiérrez!
- Buenas tardes, señora, lamentamos comunicarle que su esposo el Sr. Julián Contreras ha sufrido un grave accidente automovilístico.
-Si desea... ¿podemos acompañarla al hospital?
Tras unos instantes de silencio, la Sra. Contreras contestó:
- No, muchas gracias, cogeré mi coche.

Al ver como se alejaba el coche patrulla, cerró la puerta y subió a su habitación. Entró en el cuarto de baño, abrió el grifo de la ducha, se quitó la ropa y se dispuso a ducharse. Tras secar sus cabellos se puso a maquillar su rostro.
Lo estaba haciendo conforme a él le gustaba, ya que siempre deseaba encontrarla "hermosa".
Volvió a bajar las escaleras, se acercó a la cómoda del siglo XVI que había en el recibidor, un mueble más que, como todos ellos, había sido comprado por Julián. Abrió el pequeño cajón y sacó las llaves de su coche, las observó unos segundos sobre sus manos y volvió a introducirlas en el mismo lugar donde habían estado.
Dirigiéndose al despacho, descolgó el teléfono, marcó un número y, tras unos instantes, al otro lado de la línea una voz contestó
- ¡Servicio de taxi!
Arriba, en el dormitorio, el vestidor seguía abierto y el lugar donde había estado la mochila ahora se encontraba vacío.

BROMANCE por Julita San frutos

 

  Aquella fiesta me estaba resultando mortalmente aburrida. Ya había saludado a las personas que conocía y a otras que el anfitrión me había presentado, pero con las que únicamente fui capaz de aguantar su conversación superflua durante escasamente unos minutos.

  Por ello, decidí salir a la terraza no sin antes coger de la bandeja de uno de los camareros mi segunda copa y dejar la primera, que ya había vaciado, en ella. Mientras lo hacía, formulé un “gracias” pensando que era lo que se esperaba de mí en ese momento, aparte de ser una regla de educación bastante básica.

  Me apoyé en la barandilla y me quedé observando el atardecer maravilloso que se empezaba a extender en la lejanía. Siempre me han gustado los atardeceres, cuando el sol se va poniendo poco a poco y tiñe de rojo el horizonte.

  Fue entonces cuando los vi; eran dos hombres que hablaban amigablemente y reían de sus ocurrencias con una risa franca y alegre pocas veces demostrada.

  Estuve tentada de acercarme para unirme a su conversación, pues me di cuenta de que conocía a uno de ellos, pero pensé que si lo hacía, rompería el hechizo que en ese momento era prácticamente palpable.

  Los observé durante un rato buscando en mi memoria una palabra que fuese capaz de definir aquella situación y de repente, como una luz que se enciende en la oscuridad, acudió en mi rescate la “voz válida” que nuestra profesora de Escritura Creativa nos había propuesto indagar, pues es muy probable que acabe convirtiéndose en palabra. Esa era la que necesitaba, pues contenía en sí misma la relación de aquellos dos hombres; un verdadero bromance era lo que existía entre ellos.

  Antes de que fuesen conscientes de mi presencia, me retiré del lugar que estaba ocupando y, dirigiéndome de nuevo a uno de los camareros, deposité mi copa vacía en la bandeja que llevaba.

  Salí de aquella fiesta sin despedirme de nadie, no quería que aquella imagen se desvaneciera de mi memoria.


  AMISTAD, por Rosy Hernández

Tocan a la puerta y con pereza me levanto a abrir, era tarde y estaba mirando las noticias de la tele, me pregunto quién sería.  Al abrir me encuentro a Luis, me extrañó porque habíamos estado toda la tarde hablando, venía con una botella de ron y me dijo nada más abrir:

- Pablo, tengo que seguir hablando contigo: quiero darte las gracias por la paciencia que has tenido al escuchar mis angustias y mis miedos.

Antes nunca había encontrado a nadie que me hiciera sentir tan a gusto para abrirme a contarle mis confidencias, así que brindamos por nuestro bromance. Y seguimos recordando viejos tiempos. Quien nos iba a decir cuando nos conocimos que terminaríamos siendo tan buenos amigos. Se merece un buen brindis.


dijous, 7 de gener de 2021

Sonreír con los ojos

 


Hoy, 23 de diciembre, nos hemos hecho una foto todas juntas, las compañeras del grupo Els nostres escrits.

Carmen ha dicho que se nos notaba que sonreíamos con los ojos, ¡vaya! Podemos sonreír con los ojos, yo también. Podemos sonreír a una cámara, pero… ¿y el corazón?, ¿y el alma?, ¿cómo están?... muy tocados. El corazón dolorido, oprimido y padeciendo por todos: por mi familia y por el mundo entero.

Pues bien, tengo que aligerar el ánimo, no queda otra. Mañana es Nochebuena y necesitamos un poco de alegría.

¡A la mierda el 2020! Perdón por el exabrupto, ya sé que vosotras sois más finas y nunca lo pondríais.

Esperemos que el año venidero nos traiga más salud y serenidad y que se acabe este bicharraco. Procuraré forzar mi espíritu y tener paz y cariño con todos los que me rodean.


Mali Martí Ferrer


Historias que vendrán

Nuestras dos compañeras Pepita Gadea y Teresa Cases han hecho una colaboración, Pepita escribió un relato sobre la pandemia hace unas semanas y Teresa se ofreció a grabarlo en audio acompañado de unas imágenes y música. El resultado es este: 




Junio año 2040

Eduardo cursaba sus estudios en la universidad de medicina. Se encontraba en el tercer año de carrera. A finales del segundo semestre tenía que presentar un temario que cada alumno debía elegir libremente. El tema le subiría la nota que necesitaba para aprobar el curso. El tema elegido fue Pandemia año 2020. Eduardo ya había nacido, tenía dos años, pero claro, debido a su corta edad, no sabía mucho de lo que verdaderamente había ocurrido. 

Se encontraba en su habitación del colegio mayor donde se hospedada, ya que vivía a bastantes kilómetros del pueblo donde estaba la casa familiar. Solía regresar a casa los fines de semana, allí quedaba con la pandilla de amigos de su infancia. Uno de ellos era Jorge, su más íntimo amigo. 

Sonó el móvil. Al tercer tono, descolgó. Era Jorge, preguntándole si ese fin de semana subiría al pueblo:
- Sí -contestó-, salgo dentro de un rato.

Tras dos horas conduciendo su coche, llegó a casa. Lo primero que hizo antes de saludar a sus padres fue ir a buscar a su abuela Lola. Saludó a su abuela con un beso en la mejilla y con una sonrisa le comunicó: 
- Abuela, tenemos que hablar.
- Cuando quieras -contestó Lola- estaba esperándote, me animas mucho cuando vuelves y vienes a verme. 
- Quiero que me cuentes qué pasó en el año 2020, cuando vivisteis la pandemia del coronavirus. Lo necesito para el trabajo de fin de semestre y necesito aprobarlo. 

La abuela empezó relatándole cuando al principio del año 2020 se desarrolló en todo el mundo una enfermedad desconocida. A causa de ello, se contagió mucha gente, en especial los más ancianos, que eran las personas más perjudicadas. 

- Empezaron a confinarnos en casa sin poder salir. Los colegios cerrados. Tú, como eras muy pequeño, no te dabas cuenta, pero hubieron muchísimos muertos y muchísimas personas contagiadas. Salíamos a la calle con mascarilla, no nos dejaban que nos reuniésemos más de seis personas. Así estuvimos todo el año, hasta que por fin empezaron a vacunarnos. Fue un año muy duro. La gente se quedaba sin trabajo... bares y restaurantes cerrados. 

De los ojos de Lola empezaron a caer lágrimas. Eduardo comprendió que todo ello afectaba mucho a su abuela. 

-Gracias abuela, sé que hay mucho que contar, no quiero molestarte. Descansa, aún quedan un par de horas para la cena.
Le dio un beso a su abuela y salió de la habitación.

Pepita Gadea

divendres, 25 de desembre de 2020

Bendita Nochebuena

Fotografía de: https://twitter.com/RAEinforma



La luz se reflejaba en el fino cristal de las copas, dando calidez al mantel blanco que cubría la mesa adornada para la ocasión. La organización de los platos y cubiertos, junto con la decoración metálica de los adornos, producía una sencilla serenidad, a veces interrumpida por los brillos de colores que provenían del árbol de Navidad. Todo estaba ya dispuesto, dentro de unos pocos minutos empezarían a llegar los invitados. 

En la habitación esperaba Lola, estaba deseosa de que llegara el momento, aunque con la incertidumbre de saber que era una situación que se podía complicar. Mientras tanto, en la tercera planta estaban disponiendo lo necesario. La potente luz iluminaba todo el material de cristal y vidrio y hacía que brillara todo el instrumental que muy escrupulosamente estaba ordenado en la mesa auxiliar. El blanco de la mesa aportaba sencillez y cuidado. 

El reloj marcaba las ocho de la tarde. Aunque con distintos materiales, pero sí con coincidentes destellos, las dos mesas estaban preparadas. Solo había que esperar a que fueran produciéndose los acontecimientos. Todos estábamos pendientes de todos, en nuestros corazones cabía todo tipo de emociones: la incertidumbre, que a la vez albergaba la esperanza; el temor, que daba paso a la ilusión, y la convicción de que algo mágico había hecho coincidir ambas circunstancias. 

En un momento de la noche, mientras conversábamos, nos sobresaltó el sonido del teléfono. Al otro lado una voz temblorosa, pero contenta, nos dio la gran noticia: el trasplante de nuestra amiga Lola se había podido realizar con éxito. 

Ya aliviados, alzamos nuestras copas y brindamos por la bendita Nochebuena. 


Isabel Romero, 24 de diciembre de 2020






diumenge, 20 de desembre de 2020

Otra historia de Nochebuena


Fotografía de: https://twitter.com/RAEinforma


  Miraba embelesada las luces de aquella tienda; sus adornos, tan bien dispuestos por alguna mano sensible, le atraían. Todo en esas fechas le hacía sentirse triste aunque intentaba no demostrarlo nunca. Dentro de su corazón albergaba la esperanza de un milagro. Año tras año cuando las fiestas acababan y la magia no había llegado a su vida, intentaba no sentirse defraudada pensando que quizá el siguiente se hiciese realidad.

  Cruzó la calle repleta de gente, personas que la ignoraban, como lo habían hecho siempre desde que tenía uso de razón y acercándose al escaparate, se deleitó viendo aquellos dulces que nunca podría comer. Alzando la vista vio que una niña más o menos de su edad, acompañada por una señora que bien podía ser su madre, reía y disfrutaba mientras iba colocando en una cesta una a una las golosinas que elegía.

  ¡Le hubiese gustado tanto ser aquella chiquilla! En realidad le gustaría ser cualquiera de las que se cruzaban en su camino, con sus ropas sin remiendos, sus zapatos limpios y enfundadas en sus abrigos nuevos. Se resignaba a ser lo que era, no le quedaba otro remedio.

  Tan ensimismada estaba, que poco a poco su cara se pegó al cristal y su nariz aplastada lo llenó de vaho impidiéndole la vista. Se dio cuenta de ello y se apartó un poco, sacó del bolsillo de su raído abrigo su mano derecha, enfundada en un guante de lana que daba la impresión de que algún perro hubiese mordido, por los agujeros que tenía. Con ella limpió el vapor para que sus ojos siguiesen contemplando aquello que añoraba.

  Ese acto hizo que la cría que estaba dentro de la tienda se fijase en ella y aproximándose la miró. No pudo evitar dar un respingo al pensar que quizá recibiera alguna regañina, pero la mirada dulce que se reflejaba en aquel rostro la dejó inmóvil. Nunca nadie la había mirado de esa manera y no se atrevió a alejarse.

  Vio como la niña se acercaba a la que pensaba que era su madre e hizo que la mirase. Ella seguía pegada al suelo, sus pies eran incapaces de moverse y su mente tampoco se lo pedía. No estaba segura de lo que podía ocurrirle, pero por alguna razón, sabía que no sería nada malo.

  La siguió con la vista al ver que cogía entre sus brazos un paquete. Entonces la vio salir del comercio y con paso decidido acercarse a ella mientras, como en un susurro, escuchaba su voz diciéndole:

—Toma, es para ti.

  Seguía sin poder reaccionar y sintiendo en ella la dulzura de aquellos ojos supo que debía de decir algo, pero era incapaz. Alargó los brazos, cogió aquello que le ofrecía, lo escondió como pudo dentro de su abrigo y salió corriendo.

  De repente paró su carrera y volvió la vista, se dio cuenta de que ahora era la chiquilla la que se había quedado sin poder reaccionar por la forma en que ella se había comportado. Volvió sobre sus pasos y se acercó. Quiso abrazarla para darle las gracias, pero estaba segura de que no debía hacerlo, nunca había abrazado a nadie más que a su madre y temía que la rechazase.

  No fue necesario que hiciese nada, pues la niña se acercó a ella, la estrechó entre sus brazos y le estampó un beso en su sucia mejilla. Desde ese momento, supo que por fin el ansiado milagro había llegado a su vida y, ahora sí, feliz como nunca se había sentido, se encaminó a su casa para compartir aquellos dulces con su familia.

  Todo eso lo recordaba Elena esa Nochebuena, veinte años después de aquella que cambió su vida para siempre, pues aquella muchacha y su familia, con su ayuda incondicional, consiguieron que se convirtiese en lo que era en ese momento. Por eso cada vez que cuenta su historia y le preguntan, siempre responde lo mismo:

—Sí, los milagros existen en Navidad, si se cree en ellos.

 

   

 

 




dilluns, 30 de novembre de 2020

Taller 1 de diciembre: tornaboda

 

Esta semana os propuse trabajar con la palabra tornaboda. Estos son los relatos que me habéis mandado:

TORNABODAS

En la España feudal se practicó por parte de los nobles y señores feudales lo que se llamó “el derecho de pernada”. Esta aberrante costumbre consistía en que el noble o amo del feudo tenía derecho a yacer con la novia la noche de bodas y desflorarla.

Los siervos nada podían hacer, sino someterse a esta inhumana costumbre. No se discutía.

Queda claro entonces que no se “celebraban” las tornabodas. Por lo menos por parte de los contrayentes. Aunque en el convite se sirvieran exquisitas viandas y el vino corriera a raudales, tenía que ser un sufrimiento inenarrable para los novios saber que al llegar la noche debían someterse a la voluntad de su señor.

Además, para eso, las novias debían llegar (no sé qué adjetivo emplear) puras, inmaculadas, vírgenes, enteras… al matrimonio. Los noviazgos debían ser puramente románticos, sin acceso carnal.

Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Hoy en día no es importante cómo las mujeres llegan al matrimonio. Incluso se recomienda (no en la Iglesia Católica) la convivencia previa para estar bien seguros al casarse. Muchas veces al comenzar a convivir se descubre verdaderamente la forma de ser del hombre o mujer con el que te has casado y vienen los divorcios.

Hoy en día en las celebraciones de bodas se cometen a veces tantos excesos que la tornaboda la celebran descansando.

 Marisa Falcón


LA TORNABODA por Julita San Frutos

 

  Andaba yo por esos campos de Castilla a lomos de mi jamelgo; un muy poco brioso corcel, más mula que cualquier otra cosa, cuando mis ojos divisaron a lo lejos un gran bullicio que me hizo tirar de las riendas sin tardanza.

  Me quedé muy pensativo mirando pues, es de todos conocido que en estos tiempos que corremos, resulta menester cerciorarse primero y antes de descabalgar de lo que acontece para, de ese modo evitar, en lo posible, cualquier sobresalto que pudiese dar al traste con las intenciones que lleva uno.

  Con mucha calma, gran tino y sin apresurar a mi cabalgadura, cosa por otra parte en absoluto difícil de conseguir, fui aproximándome a lo que, a mi entender, parecía una gran algarabía.

  Tuve la suerte de que nadie se fijase en ninguno de nosotros, ni en el jinete ni en la montura, por lo que pude cerciorarme de que no cruzarían espada conmigo pues, tan borrachos y alegres como estaban, serían incapaces de sostenerla.

  Cuando por fin se percataron de mi presencia, no pude evitar ponerme a la defensiva y, en un acto instintivo, acerqué mi mano a la empuñadura, aunque  no fue necesario, como he dicho, desenvainarla, porque ellos con gran alborozo me convidaron a desmontar. Creo que debieron de tomarme por alguno de sus parientes, pues me unieron sin ningún tipo de recelo a sus chanzas.

  Como quiera que debido al largo camino que llevábamos recorrido, tanto a mi cabalgadura como a mí, más a mí que a él, pues en algún momento su buche pudo al menos regalarse con algún que otro hierbajo, pero no así el mío, nos aguzaba un hambre bastante atroz, al ver las viandas preparadas encima de aquella mesa y deleitándome del licor rojo que pasaría por mi gaznate, no dudé en bajar de mi rocín, quitarle los aperos y dejarle libre por la pradera donde podría pastar a sus anchas. Fue entonces cuando me uní a aquellas gentes y, comiendo y bebiendo como hacía tiempo que no lo había hecho, grité y canté hasta casi desollarme la garganta. Creo que fui más tenaz incluso que cualquiera de ellos.

  Cuando mi estómago se encontró bastante harto tanto de comida como de bebida, pues es sensato reconocer que no sabía exactamente la cantidad de buen vino que me había echado al coleto y, antes de desplomarme como estaba seguro que me ocurriría, tuve un ramalazo de lucidez para preguntar al que tenía más cerca por el motivo de tal celebración.

—¡Pues sí que estás borracho! —Fue lo que me dijo— ¿No recuerdas que la Engracia y el Manuel tuvieron a bien formalizar su relación ayer?

  Acto seguido me agarró por el cuello de tal forma que caímos los dos rodando por el suelo. Entonces, mirando un cielo estrellado que parecía iba a caer sobre mi cabeza, dije a voz en grito:

—¡Bendito el que tuvo la gracia de comenzar por estos lares la celebración de las Tornabodas y benditos también todos los que la continuaron haciéndola arraigar hasta nuestros días!

  Ya no fui capaz de más, pues caí en un profundo sueño del que no desperté hasta bien entrada la siguiente mañana en que, despidiéndome de las gentes que tan amablemente me habían acogido, aparejé a mi penco y me dispuse a continuar mi camino pues, aún me quedaban unas cuantas leguas para llegar a mi destino.

      

 

 


dilluns, 16 de novembre de 2020

Taller 17 de noviembre

 Algunas compañeras nos han mandado relatos a partir de la siguiente frase: "Las historias que vendrían después", propuesta por Rosy.


LAS HISTORIAS QUE VENDRÍAN DESPUES

Viviendo en un pueblo pequeño, hay que tener mucho cuidado con las efusiones amorosas en espacios públicos. Pero es que hay veces que mi novio no puede tener las manos quietas.

Sentados en un banco del parque, las estaba empleando de forma compulsiva y yo, que no soy de piedra como el banco, no me di cuenta de que había llegado tan lejos. Menos mal que había anochecido y por allí no pasaba mucha gente. Nos besábamos con pasión y una no puede estar en todo. Ya lo dice el refrán “No se puede soplar y sorber a la vez”. Poco a poco nos fuimos escurriendo y… sin darme cuenta, ya estaba encima de mí.

Nos estábamos acomodando cuando oí unos pasos y, ladeando la cabeza, con uno de mis ojos pude ver que en ese momento pasaba a nuestro lado la cotilla del pueblo paseando a su perro.

Como un fogonazo pasaron por mi mente LAS HISTORIAS QUE VENDRÍAN DESPUES. Una lástima, porque nos cortó el rollo y ya no sucedió nada más. Pero al día siguiente, el pueblo entero sabría, de buena tinta y bien sazonado, lo que ella creyó había sucedido en aquel banco.

 

Marisa Falcón

Noviembre 2020


 LAS HISTORIAS QUE VENDRÍAN DESPUÉS por Julita San Frutos

 

 Siempre, desde el día en que ocurrió y en el instante en que cierro los ojos, me viene a la cabeza la imagen de mi madre recriminándome:

—No puedes ir por la vida haciendo siempre lo que te venga en gana, los actos, en muchos casos y sobre todo cuando no se piensan como se debe, pueden tener consecuencias devastadoras aunque en este momento parezca mentira.

  ¿Por qué no tuve en cuenta sus palabras? Tenía razón. No fui consciente de las historias que vendrían después y que darían un vuelco trascendental a mi vida. Quizá, si únicamente hubiese sido mi existencia, ahora no me encontraría en esta situación, pero no fue así, dejé que las cosas rodasen sin hacer nada por evitarlo.

  Yo fui quién dio el primer empujón y los acontecimientos se fueron desarrollando como si de un tobogán se tratase. La primera historia dio paso a la segunda, ésta a la tercera y así sucesivamente hasta llegar al desenlace que jamás debía de haber tenido lugar.

  La miré, me miró y nuestros ojos se sintieron atraídos como si de un imán se tratase. Ya no existieron los demás para nosotros, éramos ella y yo en medio de un universo infinito que se doblegaba a nuestros deseos. ¿Quizá fue un exceso de amor lo que nos llevó a la locura que sobrevino? Quiero pensar que así fue, pues es la única explicación plausible que pudo dar sentido a nuestra historia.

  Éramos dos locos con una única meta: vivir. Vivir como lo hacen los inconscientes, los que se preocupan únicamente de ellos mismos sin tener en cuenta las secuelas que puedan derivarse.

  Fue entonces cuando tenía que haber escuchado a mi madre, haberle hecho caso y no continuar con esa actitud, pero no quise quitarme la venda de los ojos ni atender a la razón y, seguimos adelante.

  Dije adiós a todos los que hasta ese momento habían formado parte de mi vida y le pedí que hiciese lo mismo. Me dijo que si, que viviría únicamente para mí. Le hice prometérmelo pues, había algo en sus palabras que me hacían sospechar que no era verdad, que el único que se sacrificaba era yo y por esa razón me moría de celos, de dolor, de resentimiento.

  Una y otra vez le hacía jurarme que únicamente existía yo en su vida pero, aunque lo hacía, yo continuaba dudándolo. ¡Qué obcecación la mía! ¡Cuánta absurdez! Pero no podía evitarlo y mis interrogatorios llegaron a tal extremo que le dolían. Mientras eso ocurría, yo disfrutaba al ver su dolor, las lágrimas correr por sus mejillas y escuchar su juramento como si de un disco rayado se tratase.

  No era feliz, me doy cuenta ahora, cuando estoy a punto de concluir mi última historia. Ni lo era yo, ni ella, ni dejaba que lo fuese ninguno de los que me conocían y se preocupaban por mí.

  Fue ella la que rompió el eslabón de la cadena que nos unía al acercarse a mí y fijando sus ojos en los míos, tal y como hiciéramos la primera vez que nos conocimos me dijo únicamente:

—Se acabó.

  Su mirada era fría, retadora y albergaba un odio infinito, pero no me amilané, conmigo no se jugaba, ni ella ni nadie. Rodeé su cuello con mis manos sintiéndome Otelo, sí, lo era y ella era mi Desdémona. Apreté y apreté haciendo caso omiso de su queja.

  Sentía sus ojos fijos en mí, sus manos que un momento antes asían las mías, cayeron a cada lado de su cuerpo exánimes, entonces fui consciente del horror del acto que acababa de cometer y la solté.

  Su cuerpo inanimado cayó al suelo y yo me arrodillé a su lado llorando, pidiéndole un perdón que ya no podía concederme. Escuchaba como un eco lejano el sonido del teléfono, pero no quería separarme de ella. Así me encontró mi madre horas después y me ayudó a incorporarme sin que de sus labios saliese una sola palabra.

  Ahora, al rememorar aquel día, soy consciente de que necesito escribir y  contar como me siento. Quiero que sea mi testamento para que nadie vuelva a actuar como lo hice yo sin tener en cuenta las historias que vendrían después.


La vida sigue

por Pepita Gadea

Juana García, Sra. de Bronchales, estuvo casada 30 años con Lorenzo, en la actualidad viuda desde hacía dos años. Durante este periodo de tiempo, apenas salía de su domicilio, ni frecuentaba a sus amistades. Aunque, a pesar de su negativa, sus más íntimas amigas no dejaban de insistiré ello. 

Donde no dejó de acudir cada mañana de domingo, era a la parroquia del pueblo a escuchar la misa de 10, como tenía costumbre incluso acompañada por su esposo antes de que falleciera. Tras la salida de misa, acostumbraban a tomar un aperitivo en el restaurante de la plaza. 

En la actualidad, Juana, al salir de misa, se limitaba a saludar a la gente que se acerca a ella y con discreción se alejaba para dirigirse a su domicilio, donde en su jardín, rodeada de sus hermosas azucenas y plantas favoritas, terminaba de pasar la mañana de domingo. 

Gregorio, alcalde en funciones de este pequeño pueblo donde se sitúa ésta historia, estaba muy interesado en Juana. El Sr. alcalde también acudía a misa de 10 y desde algunos bancos atrás de donde se hallaba la Sra de Bronchales, observaba a la mujer, esperando el momento de poder acercarse a ella. 

Esa mañana, Juana se levantó como cada domingo, pero algo había cambiado, no sabía qué exactamente. Pero se encontraba diferente. 
[ Sería que el sol lucía con esplendor después de varios días de intensa lluvia]
 
En la habitación, se hallaba un gran armario, herencia de su abuela Carmen. Tenía unos pomos repujados de madera tallada que siempre le había  encantado. Abrió las dos puertas y estuvo rebuscando un chaquetón de color claro, regalo de Lorenzo, el cual no había utilizado desde que empezó a vestir con ropas oscuras a causa del fallecimiento de su esposo. 

Como cada domingo, entró en la parroquia y, como de costumbre, Gregorio allí estaba. A la salida de misa, se acercó a Juana y al saludarla observó algo diferente en ella. La encontró distinta. No quería perder su oportunidad y con discreción le preguntó:
-¿te puedo acompañar? 

Juana con una pequeña sonrisa y pequeño movimiento de cabeza, le hizo comprender que aceptaba su invitación. 


Tanto Juana como Gregorio, sabían LAS HISTORIAS QUE VENDRÍAN DESPUES. 


Las apariencias casi siempre engañan

Por Carmen Romero

Anorak rojo y botas blancas por debajo de las rodillas. Era la moda de los 70. 
Debajo un jersey marrón ajustado y la típica minifalda.

Necesitaba sentirme guapa aunque sabía que era muy delgaducha y con demasiado pecho. Casi siempre iba encorvada para ocultarlo.

Vivíamos desde hacía 10 años en un pueblo pequeño bávaro de Alemania, donde todos se fijaban en todos, sobre todo los mayores. 

Los jóvenes teníamos otros intereses, nosotros queríamos vivir nuestra juventud.

No sabía que las historias que vendrían después de aquel día cuando salí a la calle así.

Mi padre que estaba de montaje, por la empresa, en Valencia, recibió una carta anónima indicando, que su hija no guardaba el luto por su  fallecida madre.

 Que tuviera cuidado de no tener que también  sufrir el descarrilamiento de su hija.

A nadie le importó que sentimientos y dolor habría debajo de ese anorak rojo, regalo de las últimas navidades en familia.



diumenge, 8 de novembre de 2020

ARCADIA. Taller 10 de noviembre

En relación a la palabra arcadia, algunas compañeras de taller nos han mandado estos escritos, algunos en formato de microrrelato, otros en formato prosa poética, o reflexión, y otros en formato de artículo de opinión, cada una en su estilo:
 

MI ARCADIA    por Julita San Frutos

 

  Escuchar el susurro del viento cuando mueve las ramas.

  Contemplar el haz de luz que ilumina las sombras.

  Sentir el verdor que, aún sin quererlo, te mece en su abrazo.

  Disfrutar de la paz y el sosiego que se respira en el aire mientras notas como se van adormeciendo tus sentidos.

  Pienso en todo eso, al hallarme tendida en un lecho de hojas y rodeada de tan bucólica belleza, que no puedo evitar sentir que quizá me encuentro en en el lugar más utópico e idílico que jamás hubiese podido imaginar, mi arcadia.


LA ARCADIA     por Marisa Falcón 

Ese lugar idílico que hemos visto representado en cuadros, películas y libros, creo que es ese lugar perfecto que el ser humano anhela desde su nacimiento. Pero no es un lugar físico, sino la representación de la felicidad completa.

Alcanzar en vida la paz de ánimo, el encuentro con tu yo más íntimo sin que haya nada que te perturbe, es, a mi modo de ver, un largo camino. Alcanzar en vida esa satisfacción, ese sentimiento sublime de paz, sí se consigue, pocas veces y por poco tiempo a lo largo de nuestra vida. Quizá algunos pasajes de tu existencia, esos cortos periodos en los que todo parece estar en orden en tu mente y en tu espíritu. Ese bienestar completo que no dura, porque el ser humano es un inconformista. Siempre quiere más.

Quizá algún artista, hombre o mujer se sienta así por breves instantes ante la obra acabada. Pero he leído que siempre sienten alguna pequeña insatisfacción, algo que piensan que podrían haber hecho mejor.

Si fuera creyente diría que el ser humano está siendo castigado por el pecado original que cometieron nuestros primeros padres y del que no podemos librarnos.

Como no creo en eso, diré que se trata de nuestro innato deseo de mejorar, de llegar más alto, en lo que sea. Seguir la línea ascendente de bueno, mejor, el mejor.

 

Marisa Falcón

Noviembre 2020.


ARCADIA   por Rosy Hernández

 

Parecía un lienzo de bosques de laurisilva y escarpadas cumbres acariciadas a menudo por la bruma, cortadas por barrancos que bajan hasta la costa. En medio se encontraba un llano esplendoroso parecido a una arcadia, con sus cascadas de agua limpia que bajaban y se filtraban por las montañas.

A este remanso de tranquilidad se asomaba tímidamente la bella joven que acudía cada tarde a bañarse en la fuente de aguas cristalinas. Se sentía segura porque no había nadie alrededor. Ignoraba que en lo alto de una montaña era observada por unos ojos que pertenecían a un joven que la contemplaba,  sintiéndose deslumbrado por su belleza, mientras ella disfrutaba del agua.


ARCADIA     por Carmen Romero

No es lo mismo mirar que ver, decía una antigua profesora mía.

Mirar es algo que hacemos con nuestros ojos.  Ver es algo que pasa en nuestra mente.

Esa frase quedó en algún rincón de mi mente almacenada sin mayor uso hasta hace poco.

Decidí darme una dosis de cultura y me fui al museo de bellas artes. Hacía tiempo que no iba, anunciaban una exposición interesante: “El pintor campesino. Jean François Millet".

Ahí estaba yo delante de uno de esos cuadros de campesinos humildes que aun así parecen integrados en esa sencilla vida en el campo y que sienten el contacto estrecho con los placeres que ofrece la naturaleza.

Hasta la tarea más penosa parecía ser llevada con naturalidad, no había sudor en la recogida de la cosecha, los niños corrían alegremente, los mayores sentados al abrigo de los rayos del sol, los jóvenes retozando sobre los pajares...

Hubiera querido poder integrarme en ese cuadro. Era un sitio mágico, una “arcadia” un lugar mítico y añorado por algunos.


AY, ARCADIA   por Isabel Romero

Cuando la vi por primera vez, era tal su belleza natural que pensé que debía proceder de algún lugar utópico e idílico. Por eso empece a llamarla Arcadia. 

Arcadia es independiente, esquiva y caprichosa. Al principio coincidía poco con ella. Pero poco a poco me fui acostumbrando a esa relación de amistad que era novedosa para mí. Aunque se mostraba fría y distante, a veces me mostraba su cariño con ´´regalos ´´que sigilosamente depositaba en cualquier estancia de la casa.

Una mañana salí de casa temprano, regresando a medía mañana. A mi llegada, mi madre, relativamente tranquila, me dijo que en el jardín había un cadáver, no le hice mucho caso, ella es mayor y a veces tiene lagunas mentales. Continué con mis quehaceres domésticos y, a punto de sentarnos a comer, mi madre de nuevo me recordó que debía retirar el cadáver del jardín, que no era conveniente que continuara allí. Me extrañó que reincidiera en el comentario. Y le dije que me mostrara el lugar exacto donde se encontraba.

No pude ver mi cara en el momento en el que me acerqué al punto exacto que ella me señaló, pero debía ser de asombro y espanto. Efectivamente allí estaba, inmóvil, y sin ningún atisbo de vida.

Mi corazón latía desbocado, mi preocupación iba en aumento, debía eliminar el cuerpo del delito. Así que empece a buscar una solución, y se me ocurrió intentar meterlo en una bolsa de plástico y, sin ni siquiera mirar, tirarla a un contenedor de basura, pero cada vez que mi mano se aproximaba para agarrarlo, se detenía paralizada por el miedo; al cuarto o quinto intento lo conseguí. Y cuando creía que ya estaba dentro, mire de reojo y vi que su larga cola había quedado fuera. Con fuertes sacudidas a la bolsa, conseguí introducirla en el interior y corriendo fui a deshacerme del cuerpo.

 De nuevo Arcadia, mi gata, me había traído un ´´regalo´´, su instinto cazador y generoso me había jugado una mala pasada.

 



LA ARCADIA DE ANDRÉS  por Teresa Cases

Era tan solo un niño de esos pueblos de Castilla la Mancha del siglo pasado, donde cada miembro de la familia suponía un par de brazos para trabajar.

Un niño de apenas  ocho años que cada mañana salía de camino al campo con su bolsa de tela colgada, dentro de ella un trozo de pan y otro de queso, su comida; al llegar a casa, al anochecer, le esperaría <<el plato de caliente>>.

En aquel tiempo sin tecnologías, sin  electricidad ni agua corriente en la mayoría  de  las casas, es de suponer que aquel pequeño pastor allí, solo, rodeado de campos de cereal moteados de amapolas y otras flores silvestres, a la sombra de algún olivo, mirando los altos pinos, se crease su ARCADIA.


dilluns, 2 de novembre de 2020

DESANDAR. Taller 3 de noviembre

 

A partir de la palabra desandar, la compañera Julita nos ha escrito este relato: 


LA ENCRUCIJADA  por Julita San Frutos

 

  Las gotas golpeaban con fuerza en el cristal de la ventana y, al resbalar, daba la sensación de que llorasen. Pensé que quizá sí que lo hacían, lloraban por mí o, por lo que de mí quedaba.

  Me quedé absorto mirando las nubes, oscuras y amenazantes, como un presagio y, en ese mismo instante, un rayo se dejó entrever, fuerte y resplandeciente, acompañado por el estruendo de un trueno ensordecedor.

  Temblé, como hacía tiempo que no me ocurría y mi cuerpo entero se sacudió como si fuese a perder el sentido. Pensé que debía de volver a tomar las riendas de mi vida, no podía continuar por ese camino, era joven aún y mi existencia debería de tener una nueva razón, aunque me costase encontrarla.

  Aquella tormenta era un aviso, de eso estaba seguro pero, ¿cómo lograrlo? Quizá debería desandar lo andado en esos últimos años. Empezar de cero como si nada hubiese ocurrido, como si aún fuese el imberbe que fui no hace demasiado tiempo.

  Seguía mirando la lluvia embelesado, no podía apartar la vista de aquellos cristales llorosos. ¿Merecería la pena intentarlo o quizá era demasiado tarde? Recordé aquél dicho de: “Nunca es tarde si la dicha es buena”, pero, ¿cuál sería mi dicha? ¿Qué me esperaría al final del camino desandado? Resolver la incógnita estaba únicamente en mi mano y yo, no me sentía con fuerzas.

  Dejé de observar las gotas, me puse en pie y salí de la habitación. Bajé las escaleras de dos en dos sin miedo a caerme pues quizá, si lo hiciese, sería mi salvación, dejaría de pensar, de sentir ese dolor que me corroía por dentro pero, no fue así, llegué al umbral de la puerta y salté al jardín dejando que la lluvia me calase hasta los huesos mientras gritaba de dolor.

  No era un dolor físico que hubiese tenido remedio con algún medicamento, era mucho más intenso, estaba dentro de mí y no podía arrancármelo. Caí de rodillas. Lloré y supliqué, dejando que mis lágrimas se juntasen con las de las nubes. No se cuánto tiempo permanecí allí, perdí la noción de todo, incluso de mis sentidos. Debió de ser mucho, demasiado quizá porque, al intentar incorporarme, mis piernas no me respondían y mis manos eran insensibles al tacto.

  Como pude, llegué hasta la casa, mi aspecto era desolador, lo comprobé en el espejo de la entrada, el mismo en el que tanto le gustaba mirarse a mi madre aunque, de eso, hacía ya una eternidad, era posible que quizá hubiese sido en otra vida.

  Me arrastré por las escaleras dejando un rastro húmedo a mi paso. Llegué al cuarto de baño y, mientras me despojaba de mi ropa, dejé que el agua caliente llenase la bañera. Me introduje en ella demasiado pronto, notando como mi piel adquiría el color rojo característico de cuando las venas se dilatan por el calor.

  La paz me llegó como un susurro. Me deslicé dejando que el liquido cubriese todo mi cuerpo y supe, en ese momento, que podría volver a ser yo, el de antes, el de hacía un siglo, si tomaba las riendas de mi vida y me mostraba tal y como era en realidad.

  Desandaría el camino equivocado y, en la bifurcación, tomaría el que debí de coger cuando me encontré en aquella encrucijada.

 



Mi viaje a África  por Pepita Gadea

 

Me encontraba fotografiando a unos cachorros de león que jugueteaban entre los arbustos, de pronto apareció la madre leona observándome por si atacaba a sus pequeños.  

Con mucho sigilo empecé a desandar el camino hacia donde se encontraba el jeep que habíamos alquilado en la tienda del safari. Con la mirada buscaba al guía africano que incluía el alquiler del vehículo.

“¡Dios mío!” ¡No lo veía por ningún lado!

De repente, entre los matorrales apareció Jack. No era el guía, era uno de los cazadores de la reserva africana. Cogiéndome de un brazo tiró hacia él, indicándome silencio. Así estuvimos unos minutos hasta que comprobamos que la leona no se acercaba hacia el lugar donde nos encontrábamos (i seguía con sus cachorros).

Alcé la vista para darle las gracias y me encontré con unos hermosos ojos verdes que me miraban. Empezó a hablar. Yo sabía que me estaría riñendo por haberme acercado, y sola, a los pequeños cachorros. Pero (yo) no escuchaba. No sé si era debido al miedo que había pasado o por el color de esa bella mirada.

A lo lejos se oyeron campanas, cada vez más cerca. De repente sentí que mis ojos pesaban, no quería abrirlos, pero no dejaban de sonar las dichosas campanas.

“¡Cielos!” Estaba sonando el despertador, ¡justo en el mejor momento! Podría haberse retrasado cinco minutos más…



¿Desandar o dejar?  Por Carmen Romero


¿Si pudiéramos desandar ciertas cosas en nuestras vidas lo haríamos? ¿Tal vez la responsabilidad y la presión de querer hacerlo mejor nos llevaría a la duda y tal vez a peores resultados? ¿O tal vez a mejores?

Es un cisma en el que nos encontraríamos irremediablemente.

Resulta más difícil elegir cuanto más opciones hay, deshacer lo imprevisible puede ser arriesgado.


 DESANDAR  por Teresa Cases


 No quiero desandar mi vida,

ni mis recuerdos,

ni mis sueños.

 

No quiero borrar mis errores,

ni mis miedos,

ni mis arrugas

trofeos de mis años.

No quiero desandar mi vida.

 

Frases o aforismos

Palabra: desandar


"Jamás fue una deshonra desandar el camino que no nos llevó a ninguna parte".

Julita San Frutos

"Si pudiera desandar lo andado no me moriría siendo tan infeliz".

Rosy Hernández

"Creo que desandar el camino no sería la solución para superar la tristeza que hayan podido producirte acontecimientos dolorosos. Con ello desaparecerían también los momentos felices. Por eso, hay que aceptar el pasado y mirar al futuro sin pesar"

Marisa Falcón