dissabte, 16 de desembre de 2017

Reflexiones de una paciente





"Después de la primera visita he abandonado el hospital, me he dado un paseo por los alrededores, me he comprado un trozo de pizza y he ido hasta mi coche, que tenía estacionado no muy lejos, con idea de sentarme cómodamente y leer un poco. Pero algo me lo ha impedido.
Había aparcado junto a unos contenedores y como nadie reparaba en mí, que estaba casi tumbada dentro del coche, pude observar a la gente que se acercaba a ellos y no precisamente para tirar algo, sino para rebuscar en la basura. Me dije: aquí tenemos una consecuencia de la crisis, ¡esa que dicen que ya ha pasado!
Eran personas de todas las edades, señores mayores decentemente vestidos, no de esos que se ven a veces harapientos, que quizá vivan en la calle, es decir, marginados. No, eran señores mayores correctamente vestidos, seguramente con pensiones mínimas, con su bolsa grande de plástico doblada, para poderse llevar lo que encontraran. También se acercó un joven con un piercing, con su bicicleta provista de cestilla, con un aspecto algo agresivo, rapado… vamos, que parecía un pandillero de esos que si te los encuentras de noche, hasta te impresionan. También madres con su niño en el carrito. En fin…
Algo trastornada, por ese bochornoso espectáculo, no me podía concentrar en la lectura, así es que volví al hospital.
Me quedaba todavía una hora y media de espera, en el mejor de los casos, así que busqué un sitio tranquilo donde no se oyeran tanto los altavoces que llaman a los pacientes (nunca he visto un nombre más apropiado), para seguir leyendo. ¡Imposible! Me senté en un pasillo algo apartado. No sé de quién sería la idea de poner esas sillas con asientos como de madera pulida, resbalosas, donde no puedes sentarte cómodamente. ¡Es que te despachan!
Mi espalda clamaba por estar tumbada aunque fuera sólo un rato. Paseé un poco. Me puse a observar a las personas que pasaban: las parejas de ancianos, caminando muy despacio, el menos enfermo apoyándose en el hombro del otro usándolo cual muleta; los muy mayores o muy enfermos, acompañados por algún familiar y preguntando en voz muy alta «¿Dónde vamos ahora?; algunos discapacitados con la mirada perdida, la boca abierta, también acompañados presuntamente por su madre que les agarraba fuertemente del brazo; grupos de personas hablando a voz en grito; otras hablando por el móvil, a pesar de que está prohibido; una señora con dos sombreros, uno encima del otro, que parecía una guía de turistas explicándolo todo… gente chillona en general…
Decidí ponerme a escribir, y es la primera vez en mi vida que lo hago. Me ayudó bastante a abstraerme de todo aquello. ¡Qué bien!

Es la consecuencia de pertenecer al grupo de escritura creativa, creo.

De la compañera de taller Marisa Falcón

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